Hoy, cuando llegué a la oficina al mediodía, sentía que el calor me estaba derritiendo. Mi cuerpo pedía aire, literal y emocionalmente. Como siempre, me acerqué a encender el aire acondicionado, pero me encontré con algo que me sacudió por completo: el florero que uso para sostener la puertita del aire no estaba.
Sí, un florero.
Un objeto simple, cotidiano, quizás invisible para los demás, pero esencial para mí. Es ese tipo de cosa que da sentido al caos: está ahí, cumple su función, me da paz. Cuando no lo vi, no fue solo un objeto ausente, fue una ruptura en mi rutina, una grieta en el suelo que me sostiene, sentí un ataque de estrés inmediato, como si todo el calor de afuera se hubiera metido de golpe en mi pecho.
No lo encontré, no apareció.
Tuve que resolverlo de otra forma, y lo hice, lo logré, el aire funcionó, el calor bajó. Pero yo no, yo seguí arriba, enredada en el momento de caos, aunque todo lo demás siguiera su curso.
Ahora son las 2:40 p.m. y todavía tengo ese bajón. Es como si mi cuerpo y mi mente se hubieran quedado congelados en esa escena, repitiendo en eco la frustración, la confusión, el agobio. Siento ganas de llorar sin saber bien por qué, como si todo lo que hago estuviera sostenido por hilitos invisibles que, si se sueltan, me desarman.
Y me pregunto: ¿es normal?
La respuesta es sí, para mí lo es. Soy autista. Y en mi mundo, un florero fuera de lugar no es solo un florero. Es una pieza clave en un sistema emocional que me ayuda a funcionar. Cuando falta, mi sistema se colapsa un poco, aunque desde fuera no se note, aunque lo “resuelva”.
La gente a veces piensa que lo que nos afecta debe ser “grande”, “racional” o “urgente”. Pero para quienes tenemos un sistema neurológico diferente, las cosas pequeñas pueden sentirse inmensas. Y después del momento de crisis, viene la bajada… una tristeza espesa, una niebla mental, una sensación de vacío que cuesta explicar.
Hoy fue eso, no fue solo el calor, no fue solo el florero, fue mi mente perdiendo un punto de apoyo y aunque parezca que todo volvió a la normalidad, por dentro todavía estoy recogiendo los pedacitos.
Pero escribo esto para recordarme –y tal vez recordarte a vos también– que sentir esto no está mal, que no estoy rota, que lo que siento tiene raíz, tiene historia, tiene nombre.
Y que pasará. Como siempre, pasará.